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El día que conocí la muerte
Había tres tumores en el cerebro de mi madre. Fue entonces cuando comprendí que la muerte no es como la pintan.
Había tres tumores en el cerebro de mi madre. Ella estaba en coma, acostada en una de las camas de urgencias de una clínica en Bogotá. Cuando estuvo consciente, advirtió que no quería que la reanimaran, porque sabía que podía quedar como un vegetal.
Estando a su lado, comencé a sentir uno de los dolores de cabeza más fuertes que he tenido en la vida. Justo en ese momento vi el rostro de mi madre transformarse del blanco al rojo: su cerebro estaba implosionando y yo lo estaba sintiendo.
Mientras ocurrían estas dos cosas en simultánea, apareció una enfermera rubia de una belleza impactante y angelical. Maquillaje sobrio, cabello suelto hasta la cintura. Me habló con dulzura y me dijo: "Te veo mal, déjame tomarte los signos vitales." Asentí, y con el resultado aseguró que yo debería acostarme para que me pusieran líquidos. Le dije que no, que mejor me regalara una pastilla para el dolor porque no quería irme del lado de mi mamá. Ella la miró con dulzura, me sonrió, le puso la mano en la frente y salió del cubículo despidiéndose con una mirada. Yo seguí allí, al lado de mi madre, sabiendo que su cerebro ya había dejado de funcionar.
Después de que pasaron a mi mamá a una habitación, fui a preguntar por la enfermera. Nadie dio razón de ella. Según su descripción, no había enfermeras rubias en ese turno, y allí jamás usan el cabello suelto.
Fue entonces cuando comprendí que era un ángel. Más específicamente, el ángel de la muerte, que iba por mi madre y en su camino se topó conmigo.
Por eso les digo: no teman a que llegue la hora. La muerte no es como la pintan, de negro, sin rostro y con una hoz. La muerte es calidez, alegría, transición, transmutación. La muerte es amable y nos hace fácil el cruce hacia la eternidad. Si la ven, no se escondan. Solo sonrían y entréguense en sus brazos, porque lo que espera al otro lado es pura fuente de amor.
Vi la muerte, y la muerte me vio, llevándose a quien toda la vida me asustó perder.